Lo que la psicología nos dice sobre por qué los payasos nos dan tanto miedo



Hollywood lleva mucho tiempo explotando nuestra profunda desconfianza hacia los payasos y la cartelera de películas para este otoño no es diferente. El Joker, el nemesis demencial de Bátman interpretado por Joaquín Phoenix, es el antihéroe en la película sobre sus orígenes: Joker, estrenada en cines el 4 de octubre.

Mientras que en septiembre Pennywise, el payaso maldito de Stephen King, hizo su segunda aparición en la gran pantalla en dos años con la película It Capítulo Dos.

¿Cómo ha podido ser que uno de los protagonistas de las fiestas de cumpleaños infantiles haya pasado a convertirse en la personificación de la pura maldad? De hecho, en un estudio realizado en 2008 en Inglaterra se llegó a la conclusión de que a muy pocos niños les gustan los payasos.

También concluyó que la práctica común de decorar las salas infantiles de los hospitales con imágenes de payasos puede crear exactamente lo contrario a un entorno propicio para los niños. No es de extrañar que tanta gente odie al payaso de McDonald’s.

Pero como psicólogo, mi interés no se basa solamente en señalar que los payasos nos dan escalofríos; también me interesa comprender por qué nos resultan tan perturbadores. En 2016, publiqué un estudio titulado “Sobre la naturaleza de lo espeluznante” junto a una de mis alumnas, Sara Koehnke, en la revista académica New Ideas in Psychology.

Aunque el estudio no se centraba específicamente en lo escalofriante que pueden resultar los payasos, gran parte de lo que descubrimos puede ayudar a explicar este intrigante fenómeno.

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