Para el cangrejo de sangre azul la aparición del coronavirus fue también una mala noticia.
Mientras el mundo apuesta por compuestos sintéticos, Estados Unidos se decanta por el uso de la sangre del cangrejo azul, un componente clave en los test de endotoxinas a superar por los ingredientes de las vacunas.
A su pesar, la vacuna contra el coronavirus puede ser la próxima contribución al bienestar humano de este animal marino, uno de los más antiguos habitantes de la tierra.
Estos queliceromorfos tienen el cuerpo dividido en dos segmentos o tagmas (prosoma y opistosoma), la cabeza indiferenciada del tórax, y las antenas y las mandíbulas ausentes.
Sin embargo, el carácter que mejor define a los queliceromorfos es la presencia de quelíceros, unos apéndices preorales modificados que desempeñan funciones relacionadas sobre todo con la alimentación. En las arañas, por ejemplo, constituirían los típicos “colmillos”.
El quelicerado de unos 60 cm de largo y 30 cm de ancho solo se puede encontrar en las costas atlánticas de Norteamérica y gran parte del litoral asiático donde es muy apreciado como alimento.
Millones de ejemplares han sido capturados en las últimas décadas para llevarles a laboratorios y extraerles un tercio de su sangre, que se vende a unos 15.000 dólares el litro.
El extracto del plasma de este artrópodo contiene unas células llamadas amebocitos que en contacto con las endotoxinas, unas moléculas presentes en bacterias como la E.coli o la salmonela, producen coagulación para atraparlas y frenar su avance.
Desde 1956 el investigador estadounidense Frederik Bang descubrió es que la sangre (hemolinfa) de estos cangrejos contiene hemocianina, una proteína rica en cobre que se torna azul en contacto con el oxígeno, y unas células llamadas amebocitos que al detectar la presencia de toxinas de bacterias provocan la coagulación del líquido corporal. Como sospechaba Bang, su función es inmovilizarlas e impedir que contaminen al organismo.
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