Por la máster Addis M. Cordero Hernández, profesora auxiliar del Departamento de Educación Preescolar de la Universidad de Pinar del Río/
La afirmación de que la primera infancia constituye una etapa fundamental en todo el desarrollo de la personalidad del niño, resulta ampliamente compartida por psicólogos y pedagogos que se han ocupado -desde distintas posiciones- de los problemas de la educación, el desarrollo y la formación del ser humano.
Coinciden en la importancia del papel fundamental que tienen las condiciones de vida y educación, ya sea en el contexto de la vida familiar o en una institución educativa. Por lo que los cinco primeros años dejan una marca imborrable para toda la vida, para bien o para mal.
Todos los golpes físicos, emocionales y psicológicos, hacen tanto daño en la niñez, porque ellos no saben defenderse; su mente apenas empieza a desarrollar lentamente ciertos mecanismos de defensa para poder filtrar y analizar lo que ve y oye.
La familia, independientemente de su posición política, social, o económica, tiene el deber natural y legal de proteger a sus hijos. Es el instrumento bajo cuya influencia se ejecutan las proyecciones de la educación sobre los miembros, sus acciones son insustituibles en la prevención.
Los padres también son responsables de mantener la relación escuela- hogar- comunidad, son además, los primeros rehabilitadores de sus hijos en cualquier circunstancia en que ellos se encuentran si no existe este equilibrio lo más probable es que sobrevenga la crisis donde el niño siempre es el más afectado.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS), basada en las normas y metas de la Convención sobre los derechos del niño, (1989), y la Cumbre Mundial sobre la infancia de (1990) convocó la Primera Reunión del Grupo de Consulta Regional sobre el Maltrato Infantil y este término se definió como: “Toda conducta de un adulto con repercusiones desfavorables en el desarrollo físico, psicológico, o sexual de una persona menor”, Acosta (2002).
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