El mundo vive un momento extraordinario y peligroso, que además evoluciona rápidamente: Se ignora el derecho internacional, se anuncian conquistas territoriales, se imponen sanciones y leyes extraterritoriales, se secuestran presidentes, se anuncian agresiones militares, se persigue y criminaliza a inmigrantes, se resucitan racismos, se miente con sofisticadas herramientas informáticas. Contra Cuba se refuerza el bloqueo más largo y cruel de la historia humana.
En todo esto, complejo y multicausal, hay una causa protagónica que cada vez más gente comprende: los Estados Unidos se han convertido en un problema para el mundo. Son el cuatro por ciento de la población mundial y concentran el 35 por ciento de la riqueza. Tal disociación solamente es posible mantenerla mediante el ejercicio del poder puro y duro.
Es lo que están haciendo. Y no es un fenómeno “coyuntural”, ni depende de la política de un partido político, ni de las patologías de sus dirigentes del momento: es la consecuencia esperable de tres siglos de construcción de desigualdades por el capitalismo y el fundamentalismo de mercado. Es lo que deriva de un sistema social basado en la propiedad privada y en la competencia depredadora entre los hombres. Rosa Luxemburgo formuló en 1916 la alternativa de “Socialismo o Barbarie”. Ante esa misma alternativa estamos.
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