Una de las lecciones que parece haber pasado desapercibida durante la pandemia es como el olfato se utilizó como un síntoma diferenciador en el diagnóstico de la COVID-19. No solo como un síntoma que lo diferenciaba de otras infecciones similares, sino incluso como uno que determinaba la afectación del virus no solo a nivel pulmonar, sino también a nivel neurológico.
Sin embargo, parece que no se le presta toda la atención que la evidencia científica demuestra que tiene. Tal y como recoge el artículo de junio de 2025 de Frontiers ‘El misterioso sentido del olfato: evolución, perspectivas históricas y trastornos neurológicos’ : “En el mundo actual, el olfato parece desempeñar un papel más secundario en comparación con otras modalidades sensoriales, aunque estudios moleculares, sistémicos y conductuales demuestran claramente cómo nuestra calidad de vida, nuestro estado de ánimo y nuestras interacciones sociales aún dependen de recuerdos, a veces no conscientes, de olores que moldean nuestro comportamiento”.
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