El estrés se ha convertido en uno de los principales detonantes de la disminución de la calidad y cantidad de sueño a nivel mundial. Un estudio publicado en la revista Sleep basado en datos de múltiples países y contextos culturales concluye que el aumento de la tensión emocional, laboral y ambiental afecta de manera directa la duración y la continuidad del descanso nocturno.
Este fenómeno no solo refleja un problema individual, sino también social: la vida moderna, con sus ritmos acelerados, exigencias productivas y exposición constante a estímulos, contribuye a mantener al sistema nervioso en un estado de alerta permanente que dificulta el reposo profundo.
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